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¿La Biblia dice siempre la verdad?: Propuestas de solución - La Verdad en la Biblia
3) La verdad en la Biblia

3.3) La verdad se encuentra en toda la Biblia como una unidad

Para descubrir el sentido exacto de los textos sagrados hay que tener en cuenta toda la Biblia.
Este tercer criterio lo encontramos en la Dei Verbum No 12c. Significa que, para saber lo que enseña la Biblia sobre determinado tema, no basta con leer un versículo, o un párrafo, y ni siquiera un libro, sino que hay que tener en cuenta qué dice toda la Biblia sobre ese tema.

La verdad de la Biblia no está en determinada frase o versículo, sino en la totalidad de la misma. Por consiguiente, un libro puede aclarar lo dicho por otro anterior, puede completarlo, o puede corregirlo. No se debe tomar, pues, una frase bíblica aislada del contexto, separada (como muchas veces hacen los miembros de algunas sectas), y tenerla como irrefutable.

Si uno tomara frases sueltas, podría llevarse varias sorpresas: por ejemplo, que la Biblia enseña que no hay resurrección después de la muerte (Ecl 3, 19-20; Sab 2, 3); que la vida es absurda y sin sentido (Sab 2, 2); que la mujer es un ser abyecto y despreciable (Ecl 7,25-26; Ecli 42, 12-14); que lo único que cuenta en esta vida es el comer y el beber (Is 22, 13b); que fomenta la orgía y la mala vida (Sab 2, 6-9); que está bien cometer injusticias (Sab 2, 10), y rebelarse contra las autoridades legítimas (Lc 1, 52). Incluso podemos hacerle decir a la Biblia que... ¡Dios no existe! (Sal 13, 1).

Por supuesto, todas estas frases están sacadas de contexto. Si ampliamos la mirada, veremos que el sentido es otro. Si queremos saber qué enseña realmente la Biblia sobre la resurrección, la mujer, las autoridades, o cualquier otro tema, se debe tomar la Biblia en su totalidad.

La razón por la que la Biblia debe ser tomada como una unidad, para saber lo que enseña sobre un tema determinado, es porque Dios ha ido revelando la verdad en forma progresiva. Muchos supuestos "errores" desaparecerían si tuviéramos esto en cuenta cada vez que leemos la Escritura.

Ya Pío XII lo había mencionado en la Divino Afflante Spiritu, y la Dei Verbum lo confirma: El Antiguo Testamento estaba ordenado sobre todo a preparar, anunciar proféticamente, y significar con diversas figuras, la venida de Cristo... Estos libros, aunque contienen cosas imperfectas y pasajeras, nos enseñan la pedagogía divina (No 15).

[Nota: "Así como el Verbo de Dios se hizo semejante a los hombres en todo excepto en el pecado, así también las palabras de Dios, expresadas en lenguas humanas, se hicieron semejantes en todo al lenguaje humano, excepto en el error. Ya lo ensalzó san Juan Crisóstomo como una synkatábasis o 'condescendencia' de Dios".]

¿Qué significa este principio? Que Dios fue revelándose al hombre poco a poco, a través de la historia. Dios eligió, para revelarse, a un pueblo con un nivel religioso y moral tan bajo como el de cualquier otro de su época. Y no lo transformó de golpe. No le enseñó todo desde un principio. Como buen pedagogo, lo fue educando lenta, gradualmente, en la medida en que el pueblo podía y estaba en condiciones de comprender. A través de los siglos, el pueblo de Israel fue madurando con la revelación divina, hasta que al llegar a lo que se llama "la plenitud de los tiempos", Dios envió a su Hijo Jesús para que transmitiera ya la culminación de sus enseñanzas. Es lo que dice la exhortación a los Hebreos: En muchas partes y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres, por medio de los profetas. En estos últimos tiempos, nos habló por medio del Hijo (Heb 1, 1).

Esta revelación progresiva quedó reflejada en la Escritura. Por eso es posible descubrir, a lo largo de la Biblia, una evolución en las ideas. Vemos que muchas afirmaciones van cambiando, van modificándose, a medida que avanzamos hacia los tiempos de Cristo.

La Biblia entera, pues, debe leerse desde esta perspectiva. Es decir, no debemos tomar como definitiva cada una de las afirmaciones del Antiguo Testamento, sino seguir su trayectoria ascendente hasta desembocar en la plenitud de la revelación del Nuevo Testamento. Como hemos visto, la misma Dei Verbum no teme reconocer que los libros del Antiguo Testamento contienen cosas imperfectas y pasajeras.

Un ejemplo puede ilustrar este carácter progresivo de la revelación. En el libro del Éxodo se dice que cuando un hombre peca, Dios lo castiga en sus hijos, y en los hijos de sus hijos, hasta la tercera y cuarta generación (34, 7). Pero más adelante el profeta Ezequiel dice: El hijo no cargará con la culpa de su padre, ni el padre con la culpa de su hijo. A cada uno se lo castigará por su maldad (18, 20). Entre estas dos afirmaciones no hay contradicción, sino progreso. Desde los tiempos del Éxodo (siglo XIII) hasta Ezequiel (siglo VI), han transcurrido varios siglos, durante los cuales Dios ha ido orientando al pueblo desde la primitiva creencia de que los hijos pagaban por los pecados de los padres, hasta la responsabilidad de cada individuo. Si a esto le agregamos que seis siglos después de Ezequiel vino Jesús y enseñó, con la parábola del hijo pródigo, que Dios no manda castigos a los pecadores sino que les tiene una infinita paciencia, veremos cuánto ha evolucionado el tema del castigo del pecador.

3.3.1) Progreso en el conocimiento de Dios

Este principio de la revelación progresiva nos ayuda a aclarar ciertas conductas "escandalosas", que Dios parece tener en los libros más antiguos de la Biblia. En efecto, en el Antiguo Testamento, más de 100 veces aparece Dios ordenando expresamente matar a alguien. Unas 1000 veces se habla de la cólera de Dios, que amenaza con vengarse de algún individuo. En muchas ocasiones, Dios mismo siembra el terror y manda la ruina, la enfermedad y la muerte a quien le desobedece. Pero sobre todo, casi no aparece la idea fundamental de que Dios ama al hombre. ¿Por qué? Porque en hebreo el verbo amar ("ahab") tenía demasiadas connotaciones sexuales, lo que impedía aplicarlo a Dios asi no más, sin ciertos correctivos.

Pero con el paso de los siglos, y con mucho esfuerzo, Israel fue descubriendo el amor de Dios por la gente. El primero en hablar del tema fue el profeta Oseas (siglo VIII a.C.), y produjo una conmoción impresionante. Luego le siguieron lentamente Jeremías (2, 2; 31, 3), Ezequiel (16, 8), y otros profetas más (Is 43, 4; 62, 5). Hasta que, al llegar Jesús, no sólo dijo que Dios nos ama, sino que Él venía como esposo de la humanidad (Mt 9, 15; 22, 1-13). Más tarde, el evangelista Juan se anima a decir: Tanto amó Dios al mundo (3, 16). Y finalmente, con la primera Carta de Juan llegamos a lo máximo que jamás se haya afirmado de Dios: Dios es amor (4, 16). Es decir, no sólo nos ama sino que su esencia, su ser, es el amor. Vemos, pues, cuánto tuvo que crecer y madurar el pueblo de Israel para descubrir el verdadero rostro de Dios.

Lo mismo ocurre con otros temas, como el de la resurrección de los muertos (cuya existencia niegan algunos libros del Antiguo Testamento), la existencia de otros dioses fuera de Yahvé (existencia que la Biblia afirma en los libros más antiguos), la inferioridad de la mujer, o las oraciones de los salmos deseando el mal a los enemigos. Cuando nos topemos con ellos, pensemos que aún estamos a mitad de camino de la revelación. Sólo en el Nuevo Testamento aparecerá la luminosa verdad revelada por Cristo.

3.3.2) Progreso en la moral

Así como el Antiguo Testamento es imperfecto con respecto a las cuestiones teológicas, también lo es con respecto a la moral. No podemos pretender encontrar en Abraham, en Lot, en Jacob o en el rey David, una moral "cristiana", sencillamente porque faltaban siglos todavía para que Cristo viniera a enseñarnos cómo deben vivir los cristianos.

Por eso muchas veces vemos cómo estos grandes personajes de la Biblia mienten, roban, matan, o cometen incesto, sin que Dios reproche su proceder. Es que Dios, con su pedagogía de la "revelación progresiva", aún no les había revelado los grandes principios de la moral cristiana, y respetaba su mentalidad primitiva. Debemos esperar hasta la Ilegada de Cristo para encontrar la plenitud con los imperativos del evangelio.

Por esta misma razón, el propio Jesús reconoció la imperfección de muchas normas morales del Antiguo Testamento, cuando dijo en el Sermón de la Montaña: Yo no he venido a abolir la Ley sino a perfeccionarla (Mt 5, 17), es decir, reconocía que era imperfecta. Por eso decidió cambiarla o modificarla (Mt 5, 21-48). Así, una a una fue llevando a la perfección las antiguas normas de Israel.

Si a los criterios morales, pues, que encontramos en el Antiguo Testamento, los juzgamos desde el punto de vista de la revelación progresiva, es decir, reconociendo que obraron así porque eran "niños" en la fe y aún no habían Ilegado a la plena madurez, no nos preocuparán tales "errores" morales.